El Comercio. Perú.
“¿Qué haces desde que te levantas por la mañana?”, le pregunta el psicólogo de la fiscalía al niño de 11 años. “Me dedico a trabajar porque mi mamá no me inscribió en el colegio. Vendo caramelos desde las diez de la mañana hasta las diez de la noche en el Jockey. Antes trabajaba con mi hermano en Ceres, pero de ahí aprendí a trabajar solo. Me quedaba durmiendo en los carros y un día me agarró un policía y me llevó a la comisaría; me soltaron en la mañana y me fui a mi casa. De ahí aprendí a irme solo al Jockey”, responde el niño.
Junto a él otros siete menores, de entre 10 y 14 años de edad, comparten la misma rutina y, en el mejor de los casos, el mismo lugar para dormir. Desde hace un poco más de un año, han aprendido a comprar bolsas de caramelos de chicha, chupetines u olé olé en Plaza Vea, del Jockey Plaza, para luego empezar su jornada de trabajo. Las compran a seis soles y, si es un buen día, pueden llegar a ganar hasta diez veces más de lo que invirtieron. Los niños venden golosinas por necesidad, pero no se quejan. Algunos, incluso, dicen haber encontrado pequeños momentos de felicidad en gestos que la gente deja a su paso. “Vendo caramelos por todo el Jockey. El viernes fui porque no tenía nada que comer, no iba a ir pero tenía hambre. Mi mamá se fue a las 7:30 p.m. porque hacía mucho frío, yo me quedé vendiendo. Puedo ganar hasta S/ 40 o S/30. Cuando tienes S/30 da felicidad, cuando te invitan gaseosa y todo eso te da felicidad, ya no compras nada más”, cuenta José, otro niño de 11 años, quien dice que, pese al trabajo, también tiene tiempo para jugar con trompos y a las escondidas con sus amigos en El Agustino.
